domingo, 27 de noviembre de 2016

Fidel Castro

Fidel, verdadero mito en la historia revolucionaria de América

La muerte de Fidel Castro impacta, a pesar que era casi esperada por su edad y su estado de salud; causa una especie de desencuentro y de incertidumbre después de medio siglo de lucha en gran medida exitosa que lo congratulo con la fama de gran líder por gobernar un pequeño país que le hizo frente con mucha valentía a un poderoso imperio el que nunca lo pudo derrotar o doblegar.

A partir del año 1956 y con el derrocamiento del ex sargento cubano Fulgencio Batista quedó como Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas Revolucionarias y estableció el primer estado socialista de América adoptando el marxismo como doctrina para esa revolución. Fue este el gran espaldarazo a Norteamérica produciendo una fractura ideológica en el continente en donde a muy pocas millas de su territorio un pequeño país pensara y trabajara en contra del capitalismo.

Pero ahí en Cuba en esos tiempos había grandes capitales y empresas norteamericanas que manejaban la banca, el comercio y gran parte de la producción,era casi una colonia condicionada por los estados Unidos, además habían convertido a la misma Habana en una ciudad para la diversión desenfrenada, el juego, y la prostitución muy refinada para gente extranjera de elevado poder económico que visitaban a la Habana para encontrar los placeres.

Todo esto desencantaba a gran parte del noble y trabajador pueblo cubano que vivía en la pobreza y con pocas esperanzas de progreso, por lo tanto las promesas de Fidel, que era la revolución del pueblo y para el pueblo, pegó muy fuerte a millones de cubanos que querían ver un nuevo horizonte.

El gran objetivo era “asegurar la revolución” a cualquier precio y extenderla a países vecinos. Para gran parte de ese pueblo era una causa justa, verdaderamente justa y apoyaban profundamente a Fidel, pero en la medida que la revolución se fue extendiendo aparecieron dificultades y disidentes en distintos órdenes que no dejaron de cuestionar la misma y muchos cubanos se fueron desencantando
Todo esto marcó la gran diferencia que aún perdura en estos días.
Fidel era un hombre intelectual de gran pensamiento y carisma, que supo encausar la fuerza de la oposición y se supo “deshacerse” de sus colaboradores en disidencia, la cual crecía en la medida que gran parte del pueblo observaba de que las promesas, muchas de ellas no se cumplían, además con la nacionalización de empresas y la banca los cubanos seguían peor que antes, entonces el desencanto de una fracción del pueblo apareció, Castro que lo tenía todo calculado, no duda en encausar esa diferencia culpando al capitalismo como responsable de esos fracasos y se mostró implacable con los “enemigos de la revolución”. Persecución, muerte y cárcel para ellos, solamente por pensar distinto, lo que es propio de los líderes dictatoriales.

Entre esos parámetros se manejó la revolución de Cuba dirigida por Fidel con medio siglo de torturas, persecuciones, perseguidos, desterrados, presos políticos y por sobre todas las cosas: ideología única, en donde pensar distinto es altamente peligroso y resulta letal.

Visto de este punto se entiende claramente que la revolución cubana no tuvo el éxito que normalmente se le publica y su pueblo sigue sometido y con falta de libertad. No es un país democrático como los mismos ideólogos lo quieren nombrar dado que en Cuba durante el régimen de Castro no hubo alternancia en el poder y la voluntad del pueblo no se cumplió, así es como miles y miles de balseros, año tras año se lanzaban al mar para escapar de su tierra querida, sabiendo sobre los enormes riesgos que corrían, pero igual se lanzaban en embarcaciones más que precarias, exponiéndose juntos a sus seres queridos de ser comida para los tiburones.

El mismo Fidel Castro que tanto pregonó en contra del capitalismo, y con justa razón, el muere como un gran capitalista, por su enorme fortuna personal y su modo de vida considerado que fue uno del hombres más rico del continente. ¿Qué pasó entonces con la revolución? ¿Qué pasó con la patria socialista? Lo que se ha logrado en salud y educación no alcanza para el bienestar del pueblo y posee, especialmente en salud, tremendas falencias.

Se precisa en cuba un bienestar general, dado que aún no se logró. Gran parte del pueblo sigue viviendo en un marco de mucha pobreza y en la actualidad existen muchos perseguidos por problemas de pensamientos políticos. Es en Cuba donde las Damas de Blanco recorren las calles de La Habana pidiendo por los presos políticos, en donde existen farmacias vacías porque no hay muchos medicamentos y existen enormes colas para conseguir alimentos. También en Cuba fueron perseguidos los gay hasta el año 1979 y la iglesia católica sufrió sus persecuciones. Por lo tanto ante este panorama, debemos considerar que la libertad de un pueblo y la democracia no pueden tener falencias de este tipo.

Para millones de mujeres y hombres, el líder de la revolución, aunque para otros muchos el dictador, ha partido; esperemos que ese país hermano en el futuro tenga lo mejor para su pueblo que tanto lo merece y que las luchas y muertes que trajo esa revolución no haya sido en vano.

Walter Bonetto
27 de noviembre de 2016

martes, 15 de noviembre de 2016

Fragmento de la novela EL CARRERO DE SAN BERNARDO

Sufriendo la prisión (1736)

La partida con el prisionero llegó después de cabalgar durante gran parte de la noche.
Faltaba un par de horas para que aparecieran los rayos del sol sobre el horizonte cuando el comandante le ordenó al guardia que abriera la empalizada.
Anastasio estaba molido de cansancio y le dolía todo el cuerpo. Entraron al interior, y un oficial con dos soldados se acercaron al jefe de la comitiva y lo saludaron militarmente, indicándole que el presidio estaba en orden.
Aquella cárcel contenía tres edificios de adobes y techos con paja, los que no superaban el metro y medio de altura, estando las habitaciones cavadas en el piso. En el centro había una torre de palos donde se apostaba un soldado vestido con harapos y lleno de mugre que hacía de vigía. Todo el cuadro estaba rodeado de una pared de adobe de más de dos metros de alto, protegida con una empalizada y una zanja perimetral en su exterior. Su aspecto era tétrico, parecía una caverna más que un fuerte.
Los soldados desmontaron y comenzaron a quitar los aperos a sus caballos. Luego de atender las nuevas que le comentara el militar a cargo del presidio, el comandante se volvió hacia Anastasio, lo miró con un aire de lástima, y le dijo a su oficial:
– Es Anastasio Villegas, el detenido que debe cumplir el arresto de treinta días. Póngalo en la celda liviana. Es un buen hombre.

Entre palos y adobes apilados fue a parar el detenido, sin saber la causa ni haber tenido juicio, y solamente por la acusación de un mal hombre, quien por su sangre española tenía cierta influencia, la que usaba con injusticia.

Cansado, el muchacho se tiró en el suelo. Muy hambriento y sucio allí quedó, remordiéndose en la infamia cometida hacia su persona.
Mientras estaba en esa situación, alguien lo interrumpió:
– ¡A ver, Villegas! Ricibí esta bolsa – gritó con energía el cabo encargado del presidio. Anastasio lo miró un momento, sin saber lo que le daba.
–¡Agarra paspao!...Yo soy el cabo Paredes… estoy encargao del prisidio. Te ricomiendo tu conduta, ¿sabi? Aquí al lao está el cepo para los que no la cumplen… ahí se caaaaagan todo. Tinemos once ditinidos y cuatro son indios, los que andan engrillao. Además hay 16 indios en la zanja. En la bolsa tinés un poco de paja pa que pongas arriba é los palos y dormás mejor. ¿Pricisas algo ahora?
– Tengo hambre, en todo el día no comí nada.
– ¡Güeeeeeeno cheeee!, mirá que en los jortines se come muy poco, y menos comen los presos, pero mañana tinés mate y al mediodía unos alones de avestrú hirvido. ¡Aquí estás en la cárcel! ¿sabí? No pidas lujos. Estás cumpliendo una condena, y no alcanzas a llegar que ya pidís comida ¿Y por qué mierda ti han mitido?
– No lo sé señor. No cometí nada.
– ¡No comití nada! Qué caradura… todos los pillos son iguales… ¡moooosquitas muerta! Andá sabé qué bosta ti has mandao. Pero aquí te vamos a corrigir vas a ver.
– ¿Señor, no hay un poncho para taparme?
– Voy a ver si te consigo uno por un rato, hasta que el guardia güelva de la recorrida, porque nunca lo lleva. Además, ya en un rato está clareando, así que no te hace falta poncho ¿Y vos, cómo no te trajiste uno?
– Es que señor… no sabía dónde venía.
– Bueno tine en cuenta pa la próxima. Hay que vení priparao. ¡Aaaah …! y también te quiero dicir ¡Que no mi digai señor…carajo! Yo soy el cabo Paredes, ¿mi intindiste?

El amanecer apareció lentamente, despertando al nuevo día. Ahora la mañana se hacía larga y estaba frío. Anastasio no pudo dormir ni un momento, el lugar se le volvía insoportable, se juntaba la helada, el hambre, su dolor en el cuerpo, los olores nauseabundos, y los gritos de aquellos presos en el cepo que lloraban de dolor y pedían clemencia. Era la sinfonía con la cual esos seres humanos amanecían en aquel lugar.
– Muchacho ¡güen día! – le dijo el condenado de al lado, de quien solamente lo separaba una pared de palos enterrados en el piso, pero entre la separación de los mismos podían mirarse.
– Guen día –contestó con timidez Anastasio.
– Escuché lo que le decías al cabo Paredes. Tené cuidao con ese tipo, es lo más taimao y traicionero que existe, si le caes mal, te hace la vida imposible y te va a castigar sin piedad. Aquí castiga a los indios hasta matarlos, es un desalmao… nunca le des la contra. Ahora te va preguntar si tenías frío. Si te quejás, no te va a dar poncho.
– ¿Por qué estás vos aquí? –le preguntó Anastasio.
– Porque herí a puñaladas a un cuatrero de hacienda, que después se murió.
– ¡Aaaah, la pucha… amigo, qué complicao! Aunque el tipo entonces murió en su ley.
– Sí, jue una disgracia, pero lo hice en defensa propia, ese ladrón estaba cibao, y cada año me robaba. Yo no sabía que lo había matao, él me atacó primero. Le fue mal, los dos que lo acompañaban se asustaron y lo llevaron herido, abandonando parte de mis vacas, las que recuperé. De todos modos seguí buscando porque me faltaban cinco, y las terminé encontrando en el campo del Juez. Cuando se las reclamé, el hombre se sintió molesto y ofendido, me contestó que esa era hacienda confiscada, y se usaría para mandar provisión a los fortines, y que era orden del gobernador y del Virrey retenerlas.
– ¡Me la han robao, señor Juez! Es hacienda marcada con señal. ¡Es mí hacienda, señor! “Usted no puede dar en contra de lo que dice la justicia”, me contestó con mucho prepo, el disgraciao. Lo que hace no es justicia, han robao mis animales y los encuentro en su campo… ¡me quiero llevar mi hacienda! Y este me contestó: “¡Usted no se lleva nada!, ya le dije, es hacienda confiscada por orden del Virrey. Y cuidaoo, carajo… no se me desacate porque va dir al cepo.”
– Así que perdió la hacienda.
– Sí, perdí la hacienda y no solo eso, pasaron unos días y vino el comandante a detenerme. Yo le expliqué todo, pero no valió la pena. El ladrón era de San Luis y ya estaba cibao, cada año vinía y lo que robaba le daba la mitá al Juez. También le dije al comandante que había encontrao parte de mi hacienda y había recuperao algunas vacas, de las que faltaron cinco que encontré en el campo del Juez. Cuando se las reclamé, se sintió muy molesto, el tramposo me dijo que la había confiscao por orden del Virrey, pero eran mentiras, las vendía a los fortines diciendo que era hacienda de él. Yo lo descubrí. Y aquí me ves.
– ¿Y ahura?
– Y ahura dependo de este guacho del Paredes, del comandante y del atorrante del Juez.
– ¿Y tú campo?
– Mi campo es un rancho pobre que está cerca del río. No sé qué hará mi mujer y mis dos gurises… pobricitos ¡cómo los siento!

Quedó en silencio Anastasio, pensando en la desgracia del pobre hombre y comprendiendo la injusticia cometida contra él.
– ¿Y el comandante, cómo es?
– No te confíes di naide. Es un disgraciao. La vida de este juerte es un tormento, por eso la gente cuando puede, se dispara al disierto. A vos te conviene aguantar; son solamente treinta días. El cabo Paredes te viá buscar todas las partes pa sublevarte, él es feliz cuando lleva a un reo al cepo, y festeja cuando el comandante los condena a pena de muerte – sin duda era espantoso el panorama para Anastasio.
– No te vian a trair mantas, yo te doy un poco de paja.
El hombre le fue pasando con mucha paciencia entre la hendija de los palos unos puñados de paja que Anastasio iba recibiendo y acomodaba junto a las que le había dado Paredes. Luego se recostó sobre la misma, aunque estaban tan hediondas, que daban asco.
Así quedó todo ese día, y pasó con gran sacrificio la segunda noche.
Al final, el amanecer sorprendió a Anastasio con su cuerpo dolorido y frío. Ahora pasaban algunos rayos de sol sobre los palos de la celda, y se escuchaba el andar de soldados que daban vueltas por los corrales, mientras que el relincho de unos caballos funcionaba de despertador para los pobres tirados en aquellos calabozos de palos, jugándole una apuesta a la desgracia.
Frente a aquellos corrales había un pozo de unos doce metros cuadrados cavado muy cerca de los calabozos; en ese lugar tenían a unos indios encerrados debajo de unas rejas de palos, la que cubría el foso al que llamaban “la zanja de los indios”. Ahí encerraban a esos pobres miserables con demencial crueldad, algunos encontrándose más muertos que vivos.
– ¡A ver, ustedes, rápido, rápido! Salgan de la celda y se van al corral de los caballos – gritó el cabo Paredes con odio y mucha energía.
Al llegar al corral, custodiados por tres soldados, uno de ellos trajo una lata sucia con mate. Era una infusión tan repugnante como inmunda, tanto, que daba asco tomarla.
– ¿Ti gustó el mate pampa?
– Sí cabo, estaba bueno y calentito.
– ¿Cómo durmiste anoche?
– Muy bien, cabo.
– Sabís que al final me olvidé la manta, ¡quííí macana che!, ¿pero durmiste igual, cierto?
– Sí cabo, dormí igual.

Así Anastasio pasó doce días, encerrado entre los palos. Por la noche le daban una manta, pero nada de comida, solamente un poco de zapallo más crudo que cocido, y eso sólo día por medio, y una sopa de huesos de avestruz, la que era intomable. Al cabo de esos días había perdido kilos y estaba tembloroso y débil; aunque le había hecho caso a su compañero de encierro y nunca le daba la contra a su ºcarcelero, tratando de complacerlo a pesar de que lo odiaba.
Un amanecer vio cómo engrillaban a un indio, exigiéndole que dijera a dónde estaban los compañeros. Nada respondía el pobre. Entonces le ponían el pie en agua hirviendo y le tiraban otro poco por el pecho, torturándolo sin piedad ni misericordia; aun así, nada decía, y solamente gritaba de desesperación. Por último, el cabo Paredes sacó un puñal y le cortó el cuello hasta despegárselo del cuerpo.
Fue una escena tremenda, y no conforme con ello, luego tomó de los pelos la cabeza sangrante y la tiró a las zanja de los indios mientras ordenaba a dos soldados que llevaran a esa porquería afuera. Los perros hambrientos terminarán el trabajo.
Fuerte e impactante, las crueldades que se cometían en el presidio; el abuso marcaba la diferencia, la ley no tenía rumbo ni norte, y la vida de un indio no valía nada. Para los españoles, los aborígenes eran seres sin alma, no pertenecían a la raza humana. La justicia no existía, cada cual la tomaba a su manera, y quienes ostentaban el poder, manejaban el destino de los demás a su antojo y forma; por ello la pampa era un suplicio, no había dignidad, no había reglas, solamente atropellos desmedidos, extremos, repleto de actos tan sanguinarios como innecesarios. Se inmolaban personas sin causas ni motivos, se cometían barbaries por quienes se consideraban civilizados. De ese modo, en cada acto se abría una brecha de odio extremo, marcándose entre conquistadores y aborigenes una guerra despiadada y tremenda que duraría siglos. Los criollos, los nativos de esta tierra que no eran indios, en general, ayudaban.
Pasaron los treinta días. Anastasio no tuvo problemas con el cabo Paredes pero había quedado tan famélico, que casi no podía mantenerse en pie. Estaba rotoso, sucio, y no veía bien, le dolía el estómago del hambre que sentía.
– El comandante ti quiere ver pa date la libertad porque se cumplió tu condena.
El carrero llegó como pudo a la galería de aquel rancho donde estaba el comandante.
– ¡Quedaté ahí nomás!, te quiero decir que has cumplido tu condena. Tratá de no meterte más en líos así te evitas problemas, ahora tomá un poco de mate y te podes ir así salís con la panza llena. – le ordenó el hombre desde la galería de ese inmundo rancho que obraba de oficina donde residía la autoridad.
Anastasio lo trataba de mirar pero nada podía distinguir porque tenía la vista nublada. Por último cayó al suelo, quedando tendido en el medio del guadal del patio.
– ¡Paredes!... llevá a este muchacho al camino, dejalo debajo de un árbol, algún carro lo llevará de regreso, lo conocen casi todos los troperos como El Carrero de San Bernardo, porque es el que arregla las carretas.
Un soldado lo subió sobre un rastrón de palos y cañas, y con un caballo lo fue arrastrando para cumplir la orden, y en un algarrobo del camino de carretas lo dejó abandonado.
– ¿Qué es este lugar? – balbuceó Anastasio cuando el soldado lo hacía bajar del rastrón.
– Estás en el camino. Estás en libertad. Aquí algún carrero te va a llevar pa tus pagos – fue lo último que dijo el mal trazado soldado, y volvió con su caballo y rastrón hacia aquel miserable lugar que llamaban fuerte.
Anastasio miró al sol sobre su cabeza, con dificultad se levantó y comenzó a caminar por una huella muy poco marcada, pensando que ese era el camino.
A los pocos metros llegó a un guadal en donde le resultaba pesado caminar. Tomando un palo para apoyarse, logró realizar un trecho, distancia que no fue ni cincuenta pasos, cayendo luego rendido, y sin poder continuar.
Más adelante notó que algo frío lo rozaba, y entre el desmayo y la consciencia se vio en medio de un pantano del cual no podía levantarse. Luchaba para salir de aquel lugar pero no lo lograba, estaba semi desvanecido, sintiéndose encerrado en su propio cuerpo, igual a si estuviera muriéndose.
Al final alguien se le acercó y alcanzaba a percibir muy confundido que lo levantaban y arrastraban. Oía voces, sin distinguir nada con claridad.
– ¿Qué le pasó, amigo? – el carrero no podía responder, escuchaba que le murmuraban, haciéndole preguntas y sin ser capaz de dar repuestas.
Quienes lo estaban rescatando también eran carreros y lo encontraron después de una fuerte tormenta, tirado a la intemperie, semi sumergido en el barro de una laguna que se había formado por la intensa lluvia.
Ahora el pobre no sabía ni quién era ni a dónde estaba.
Inmediatamente los carreros observaron su estado, comprobando que no se encontraba herido. Lo sentaron, le ofrecieron agua, le sacaron los miserables harapos embarrados y lo cubrieron con dos ponchos.
– Este hombre ha sufrido una disgracia y se está muriendo, me parece que de hambre. Lo vamos a cargar en el carro y lo llevaremos hasta el próximo paraje.
Trataron de alimentarlo con zapallo pisado pero el hombre demostraba no poder comer, luego continuaron viaje, llegando a San Bernardo después de un día de andar.
Anastasio volaba de fiebre.
Los viajeros enseguida le comentaron al encargado del lugar lo que habían encontrado por el camino, pidiéndole que lo socorrieran.
Cuando Rumendio vio a la persona que traían, enseguida lo reconoció.
– Este muchacho es Anastasio, “el carrero”, pero está más muerto que vivo ¿Qué le ha pasao?
– No sabemos, lo encontramos tirao en el medio del camino todo mojao y tapao e barro.
Rápidamente los hombres lo retiraron de la carreta y Rumendio lo tomó en sus brazos para llevarlo a su rancho, el mismo que él le había cuidado durante su ausencia, tal como se lo había prometido. Una vez que lo dejó en aquel lugar, apresuradamente fue a buscar a su mujer para que lo ayudara, brindándole todas las atenciones posibles. Lo pusieron en un catre, y con unos cueros de oveja levantaron su espalda, limpiándole el cuerpo con agua tibia al tiempo que le ponían paños con agua fría en la frente para bajarle la fiebre y le masajeaban con alcohol.
– ¿Qué será lo que le pasa?
– Esto es nada más que un gran enfriamiento, y está sin comer… ¡vaya a saber por qué!
La paciencia fue mucha, y las atenciones también.
Al final, y luego de dos días con intensos cuidados, la fiebre bajó y Anastasio comenzó muy despacio a hablar y comer.
– Tome esta sopa que está muy rica – dijo la mujer con una dulzura singular, mirándolo con sus ojos redondos y saltones, esos que parecían querer dispararse de sus mejillas para acariciar al hombre que la había halagado un tiempo atrás. Cucharada tras cucharada le daba en la boca para restablecerlo de su gran debilidad.
Anastasio balbuceó, agradeciendo.
– Yonaré… Yonaré, –exclamó suavemente, asombrado, sonriéndole con profundidad, agradeciendo el momento.
– Sí, soy yo, carrero. Lo estamo ayudando junto con don Rumendio y su mujer… toda la gente de San Bernardo quiere que se cure.
Hablaba poco, aunque él ahora estaba más consciente. Aún sin recordar casi nada de lo que le había sucedido, todavía se sentía muy aturdido y con mucho dolor en el cuerpo. Luego de la sopa le dieron carne asada y bebió mucha agua, quedándose nuevamente dormido. Rumedio lo vigiló hasta tarde, luego, cuando comprobó que descansaba bien, se retiró a su rancho, feliz porque el carrero se estaba reponiendo.
– ¿Cómo anda el carrero? – preguntó su mujer.
– A tomao tanta agua y sopa que me asusta.
– ¡Noooo, no ti asustes! Eso es muy gueno, se está reponiendo el pobre, es como dice la curandera Fabiola: está disidratao por eso toma agua. Cuando le bajen los calores del cuerpo queda curao.

Pasados unos días de convalecencia, Anastasio fue tomando su ritmo, recuperando por completo la memoria, y dándose cuenta de casi todo lo ocurrido. Se sentía complacido por haber encontrado a su rancho tal cual lo había dejado hacía un mes. Después y mientras continuaba en reposo, pasó a contarles a sus amigos que lo visitaban de lo terrible que fue su presidio en El Sauce.
– ¡Laaaa puucha!, poco tiempo pero lo necesario para matar a cualquiera… y todo por culpa del español desorejado.
– Ese hombre es un cristiano mal nacido.
– ¿Y lo volvieron a ver?
– Nunca más aparició. Gracias al tata Dios que no güelva, porque si lo hace, me voy a disgraciar. Y usté ahura tiene qui reponerse bien y seguir con su trabajo, aquí siempre lo piden pa que arregle carros Anastasio –dijo Rumendio.
A la mañana siguiente, junto con la salida del sol apareció golpeando las manos y pidiendo permiso Yonaré. Traía una caja de mimbre en cuyo interior había ropa.
– Pase, pase, ¡qué alegría que venga a mi casa, y qué alegría de verla! – la mujer esbozó una sonrisa.
– Esto es un chiripá y un calzón de punto que le hizo comprar don Rumendio, también le compró medias y un poncho grueso.
– ¿Y cómo voy a pagar esto?
– No lo sé, háblelo con él. A mí me dijo que se lo entregara, y también le tengo que traer carne cocida, leche, zapallo y un dulce de tuna.
– Bueno mujer…le doy gracias por tanta bondad, mil gracias para usted, para don Rumendio, su señora, y a toda la gente que me ayudó después de tanta mala suerte.
– Todo por culpa de mi marido.
– ¿Era realmente su marido?
– Güeno… él me compró, no estamos casao, pero yo le pertenecía.
– Ahora está libre y no tiene pertenencias.
– No sé, ¿y si güelve a aparecer y me quiere llevar?
– Yo no quiero que la lleve, Yonaré; quisiera defenderla y que nunca se vaya. Usted es una mujer muy bondadosa y linda, precisa un hombre bueno, que la cuide y no la maltrate. ¡Cómo me gustaría que fuéramos amigos!
– ¡Aaay, mire queeee mi dice! ¿Acaso no somo amigo? Sabe cuando tenía fiebre lo que lo he cuidao y usté hablaba solo, dicía cada cosas que a mí me daba cosquilla.
– Pero, ¿por qué… qué decía?
– Me llamaba a mí todo el tiempo y no se daba cuenta que estaba a su lao.
– Gracias, la verdad que la tengo en mi corazón.
– ¡Aaaay… miiiire que mi dice! ¿cóóóóómo me vai tené en su corazón?
– ¡Y cómo que no!, si el tata Dios la puso en mi camino… yo me casaría con usted.
– ¡Aaaay… miiiire qui mi dice! – continuaba repitiendo la muchacha
– Siento virgüenza que mi diga eso.
– ¡Sííííí… me casaría!... y don Rumendio sería nuestro padrino. A mí usted me gusta mucho y yo sería capaz de respetarla siempre. Sería mi compañera querida para vivir en este desierto, en esta pampa salvaje, porque yo siento que la quiero Yonaré ¡la quiero!
– ¡Aaaay… miiiiire qui mi dice!
– Eso le digo… que la quiero, porque me gusta, y cuando me encontraba en prisión siempre estaba en mi cabeza y soñaba con usted. La quiero.
– Nunca, nunca mi han dicho eso a mí.
– Entonces nunca la han querido, yo pretendo quererla mucho Yonaré… estoy enamorao de usted. Usted es muy hermosa, desde que la conocí, la he soñado.
La mujer quedó sorprendida, apabullada con tantas palabras lindas que brotaban de los labios del joven, y se sintió tan halagada, que su corazón vibraba, incapaz de expresar nada. Jamás le había pasado que un hombre con respeto y decisión le dijera que la quería.
Salió caminando hacia lo de Rumendio, lugar donde vivía, palpitándole una felicidad interior que era imposible describir.
Cuando la esposa de Rumendio la vio, le preguntó qué le pasaba.
– Es que usté sabe que Anastasio me ha dicho cosas lindas que me dejaron alegre como nunca.
– ¡Aaay muchacha!… ¿y qué te ha dicho ese hombre?
– Nooo…no doña Zoraida, es que me da virgüenza… ¿sabe?...no li puedo contá lo que mi dijo.
– Bueno, bueno, el carrero se está recuperando dimasiao pronto – dijo con picardía y seguridad la mujer. Ella sabía claramente que Yonaré estaba enamorada de Anastasio, dado que en todo aquel tiempo de convivencia en la casa con la muchacha, ella lo recordaba a cada instante y por cualquier motivo, y no había un día que no lo nombrara.
Mientras tanto, también el joven trataba de buscar opiniones con gente de su confianza:
– Yo quiero a esa mujer don Rumendio, estoy enamorado de ella. Se lo quería contar, como usted es autoridad de este lugar, para saber cuál es su parecer, me gustaría formar un hogar aquí, en San Bernardo.
– Güeno, haremos fiesta grande pal casamiento. Le confieso que esa muchacha ahora se siente feliz.
La ilusión invadía a los jóvenes. El estar enamorados era una promesa de la vida que traspasaba barreras y provocaba un gran entusiasmo, colmando de encanto y alegría. Sin embargo todo eso para ellos era solamente un bonito sueño, seguramente la realidad tendría un precio cargado de miles de sacrificios y penurias en tiempos tan difíciles y complicados como lo eran para los pobladores de esos humildes parajes, quienes día a día se jugaban el destino en el medio de aquella pampa.
Pasaron unos meses, y los enamorados fueron formalizando su propuesta; todo el vecindario sabía que querían casarse como Dios mandaba. Primero los dos jóvenes debían estar bautizados y confesados para que un sacerdote les diera el sacramento del matrimonio, entonces se anotaron con un padre jesuita que cada tres meses recorría el paraje para atender las necesidades religiosas, ofreciendo una santa misa que siempre celebrada al aire libre.

– Mañana viene el padre jesuita, estoy tan nerviosa, que no me puedo continer de legría.
– Gueno mujer, pero tenés que serenarte… mirá que el casarse es cosa seria, y si lo haces con un cura, más toavía. – dijo doña Zoraida.
– Doña Zoraida ¿Usted no está casada con cura?
– ¡Noooo!... nosotros somos juntao noma, y en secreto en la estancia de los Cabrera, pero el desgraciao del capataz cuando se enteró, nos echó porque no nos habíamos casao y tenía orden del señor Cabrera de no aceptar gente amancebada ni en concubinato, pero Rumendio me decía que me iba querer siempre sin casarnos, porque al casarnos pensaba que nos iban a contagiar gualicho de los indios y nos íbamos a morir.
– ¡Qué tiene que ver el gualicho con el casamiento!
– Y gueno mija, nada… mi hombre es así, porque una bruja india le dijo que no servía casarse por un cura y él se lo creiva. Pero es tan güeno el Rumendio, qui nunca me dejó faltar nada y siempre me cuida y me respeta.
– ¿Qué es eso que me dijo del cuncubinato?
– Y güeno, los jueces y los curas dicen que se está concubinao cuando no es casao, y pa los curas es pecao aunque uno se porte bien, y a los jueces y a los cura, no lis gusta las cuncubinadas.

La tarde estaba muy serena y apacible pero en un momento fue interrumpida por un griterío que venía del naciente que asustó a los pobladores. Todos se alborotaron.

– ¿Qué será eso? ¿Serán indios?
– ¡Noooo… son gritos de cristianos!
La gente se puso en alerta, palos, látigos y varas en punta de flechas se buscaban para armarse en defensa del lugar. Los perros se alborotaban, los niños corrían a refugiarse… pero aún el monte no dejaba ver el camino ni qué venía.
Pasado un momento fue apareciendo una tropa de carretas, y unos cincuenta hombres la rodeaban a los gritos. La mayoría estaban desnudos y parecían más salvajes que seres humanos. Los pobladores de San Bernardo se asustaron por aquellos hombres. Barbas, cabellos largos, cuerpos mugrientos, descalzos y con palos en las manos. Casi no hablaban, solamente gritaban sin entenderse lo que decían. Junto a ellos venían varias mujeres en las mismas condiciones, sucias, desnudas y con garrotes en señal de guerra. Se detuvieron en medio de la playa del paraje agitando los palos con energía y gritando. Rumendio con cautela salió a su encuentro y por detrás Anastasio. El hombre levantó la mano en señal de paz. Al acercarse se dio cuenta que la tropa de carretas era de don Humberto Ortiz, quien pasaba constantemente, por eso la conocía. Quiso hablar con ellos pero se le vinieron arriba para lincharlo. Rumendio dio un palo por la cabeza al primero en acercarse que lo destrozó y quedó tendido en el suelo, inmediatamente fue atacado pero Anastasio vino a su encuentro rápidamente, se trenzó en lucha defendiendo a Rumendio. Tres paisanos que aparecieron bien montados desde los corrales de palos en donde reunían haciendas atropellaron con sus potros a los atacantes y estos se sosegaron a pesar que los triplicaban en número. Rumendio increpó a otro invasor y lo golpeó fuerte con el palo hasta derribarlo, había más de cinco heridos en el suelo. Así era aquella lucha a todo o nada, vencer o morir.






Nuevamente con los caballos los jinetes atropellaron a los bandidos hasta que al final quedan derrotados. Los hombres de San Bernardo habían luchado con agallas y los invasores que quedaban terminaron malheridos en el lugar.
Cuando Rumendio se acercó a las carretas encontró a dos arrieros muertos y a don Humberto Ortiz muy herido recostado en el carro sobre un baño de sangre a quien auxiliaron rápidamente. Cinco de los bandidos quedaron prisioneros atados con cuerdas de pie y manos debajo de unos árboles, los restantes estaban muertos y muchos dispararon.

– ¡Vamos! Debemos ayudar rápidamente a este hombre.
– ¿Qué buscaban ustedes, ladrones del infierno? – preguntó Rumendio con aire de autoridad a un prisionero.
Solamente gritaba el hombre, parecia que de miedo a que lo mataran, pero no hablaba ni entendía lo que le preguntaban. Eran seres tan rudos como salvajes, vivían escondidos en especie de pequeñas tribus en las barrancas del río y de tanto en tanto acosaban a las tropas de carretas; ya los carreros que cruzaban aquellos caminos habían traído la noticia de estos clanes de bandidos que amenazaban, aunque no era muy común que lo hicieran; en general se calmaban cuando los carreros le entregaban mercaderías especialmente comidas y vinos. En este caso se habían sobrepasado; no se conformaron con lo que don Ortiz les dio – una media carga de un carro de los doce que conducía– entonces lo siguieron por leguas para que les diera más de lo que llevaba; y como no consiguieron doblegarlo, comenzaron a atacarlo con ferocidad, dando muerte a varios troperos. Y fue justamente en ese estado de acoso que llegaron a San Bernardo, armando tal alboroto.
Allá huían ahora los bandidos que quedaron indemnes del ataque.

– Estos son bárbaros y ladrones, viven como a doce leguas sobre las barrancas del río y los montes del Saladillo, dedicándose a asaltar constantemente. Viven de esa manera, y son conocidos como vagamundos – exclamó enojado Rumendio…


sábado, 12 de noviembre de 2016

Los Argentinos, ¿Somos frágiles de Memoria)

Siempre una República debe estar cimentada sobre su verdad histórica, no aceptar esta realidad es atentar contra su constitución. En el devenir histórico de nuestra Patria, en las últimas cinco décadas del siglo pasado sucedieron episodios vergonzosos que comprometen estos principios, por lo que hoy estamos pagando consecuencias muy lamentables, y no se lo desean recordar porque condenan el pensamiento de muchas ideas políticas que atentaron en otros tiempos contra la nación.
El eje principal de este problema es que fuimos una República golpista. El epicentro de los golpes se ubica con el derrocamiento del Presidente Irigoyen, en septiembre de 1930; aquél grupo de revolucionarios sentaron en el Sillón de Rivadavia al primer general que usurpó el poder, apoyado por innumerables grupos de ciudadanos de los distintos estamentos de la sociedad argentina, en los que se encontraban fervorosos grupos de estudiantes, destacados intelectuales, influyentes empresarios e instituciones y centenares de ciudadanos que se agolpaban en los portales de los cuarteles de Campo de Mayo pidiendo a gritos que saliera el ejército y echara al presidente de la nación, siendo esta una de las grandes vergüenzas de nuestra historia.

En aquel momento gran parte de la sociedad argentina se confabuló para pisotear la Constitución Nacional y quebrar sus instituciones dejando de herida de muerte a la república.
Por casi medio siglo de vida nacional “copiando el modelo original” se sucedieron los golpes de estado, hasta llegar al último de ellos, el 24 de marzo de 1976, en qué fue destituida la presidenta María Estela Martínez de Perón. El País quedó en manos de una junta militar con la participación de las Fuerzas Armadas, quiénes estuvieron en el poder hasta 1983, dejando resultados desastrosos para la nación.
Fue la época del “proceso de reorganización nacional”, al que muchos argentinos aplaudieron en silencio y en donde la junta militar decía que “el silencio era salud”; dónde el país se endeudó pasando de siete mil millones a cuarenta tres mil millones nuestra deuda externa, lo que fue verdaderamente escandalosa e inexplicable; surge también el grave problema del terrorismo de estado, de los desaparecidos, fueron los años que llevó adelante la injusta acción de levantar siete mil kilómetros de vías férreas provocando un atraso magistral dejando estaciones y localidades aisladas sin rutas o con rutas en pésimo estado.
También se destruyó injustamente la Industria Mecánica del Estado el IME, que fabricaba ocho mil vehículos por año y ocupaba tres mil empleados en forma directa. La guerra con Inglaterra por Malvinas, son algunos de los puntos nefastos de aquel proceso que la historia condena y debemos tener memoria y exigir justicia para que esto no se repita. Especialmente y lo que más duele como la persecución y desaparición de personas dado que se cometieron crímenes de lesa humanidad.
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También debemos tener memoria que en su inicio este proceso fue apoyado por millones de argentinos: intelectuales de Gran reconocimiento que almorzaban con el general presidente en la misma casa de gobierno y declaraban públicamente las bondades de la junta militar.
Pero antes de este panorama nefasto, también de la misma manera debemos tener memoria de otros episodios tristes y vergonzosos ocurrieron en el país en la década del 60 en adelante y pusieron en vilo a toda la sociedad argentina, sembrando caos y terror los grupos extremistas revolucionarios con armas en manos los que desplegaron acciones terroristas y no dudaron en secuestrar, matar, torturar y privar injustamente de libertad a centenares de personas, hay más de setecientas muerte registrada a causa del accionar terrorista en nuestra nación y también esas víctimas incluyen hasta niños, todos merecen memoria y Justicia.
El pueblo argentino no debe olvidar lo que desea desconocer después el plano político. Nuestra memoria y Justicia no debe ser parcial, debe ser equilibrada con la verdad y no se le debe mentir al pueblo especialmente a las nuevas generaciones quienes creen que los únicos malos fueron los militares y no se les menciona que los grupos terrorista también existieron y mataron, esto de ninguna manera justifica la escandaloso terrorismo de estado, tampoco justifica que se sostengan las verdades a medias, seguramente esta manera es hacer trampa con la memoria y atenta contra la verdad y la justicia que tanto se pregona pero que en definitiva no se respeta de modo integral.

Walter Bonetto
12-11-2016

viernes, 4 de noviembre de 2016

Feliz cumpleaños ciudad de Rio Cuarto

Dos siglos y tres décadas de vida y trayectoria desarrollando a la región y a su gente. “La Concepción”, como baluarte en la Frontera Sur en el medio de la pampa tratando de permanecer ante tanta inmensidad y letanía; tratando de ganar una posición en tiempos muy difíciles y desesperados en donde “La Frontera” era desafiada con gran hidalguía y valor para implantar la civilización. La Frontera era palabra de respeto y región de mucho peligro, pero también de gran esperanza, en donde se debatía la lucha constante de conquistadores, estancieros, pulperos, carreros, peones de campo, soldados, esclavos e indios, todos ellos luchando para ganar una posición en el medio de caminos que abruptamente se cortaban por el peligro de las invasiones y entonces los parajes morían junto a los sueños de sus pobladores. Cuando el camino se suspendía y no pasaban las tropas de carretas hacia Mendoza, los sueños entraban en agonía y el paraje se aislaba. La vida para aquella gente era impiadosa y el desierto tenía su gran severidad.
En ese marco nació nuestro pueblo y luchó con tenacidad para sostenerse en los tiempos pero ocurrieron épocas en donde el camino quedó suspendido. Así fue como el 6 de agosto de 1801 El Cabildo de la Villa de la Concepción gestionó ante la Gobernación de Córdoba y del Tucumán, que “se restablezca el tráfico de tropas de carretas, para que vuelvan a pasar por la Villa de La Concepción”, dado que se había modificado la ruta, y lo hacían tomando el camino por Santa Catalina distante a 12 leguas, lo cual perjudicaba el comercio y aislaba a la población. Esta situación se mantuvo durante cuatro años y el 17 de octubre de 1805 Se determina que el camino de Buenos Aires a Chile pase nuevamente por la Villa de La Concepción, el cual había sido suspendido por el acoso de los indios. La restitución del camino fue una gran fiesta para todos los pobladores que estaban en estado de gran angustia y decadencia, pero al final, al tiempo, el mal vuelve a aparecer, dado que se decide desviar nuevamente la ruta quedando aislada La Concepción y La Carlota por las constantes amenazas y ataques que las tropas de carretas y arreos sufrían por ese camino. La lucha constante de los habitantes de Río Cuarto y otras poblaciones y parajes aledaños era básicamente peticionar con insistencias ante las autoridades para mantener el camino y defenderse del río, que ante las crecientes se escapaba de su curso e inundaba el pueblo.
Hoy el sacrificio de ayer dio sus enormes frutos, nuestra ciudad está consolidada como un importante centro comercial agrícola ganadero de mucha importancia en el sur de la provincia. El esfuerzo de sus hombres y mujeres logró resultados extraordinarios. 230 años de vida no es poca cosa y si tomamos el episodio del descubrimiento del río por Lorenzo Suarez de Figurea, encontramos que hay 213 años que preceden a la fundación del Pueblo de La Concepción por el Marqués de Sobremonte.
Por lo tanto nuestra historia es larga y algunos historiadores manifiestan que desde el año 1600 se considera como la época de “la primera población de Río Cuarto formada por los españoles”. En este tiempo ya había tránsito de personas en carretas y caballos, lo que fue dando lugar a formar en la falda de las sierras de este departamento “estaciones” con algunos pobladores semi estables que asistían el camino de las tropas. Estas “paradas” se crearon al ir abriendo y consolidando aquellas rutas, en donde se detenían las caravanas en ambiente de hospitalidad, que eran: San Bartolomé, Tegua, Santa Bárbara, Tapa, Achiras, La Esquina, La Concepción, (Río Cuarto), San Bernardo, Punta del Sauce, Jesús María, entre otras. Todos ellos se fueron constituyendo en “parajes” que estaban unidos por un camino que en muchos casos, orillando la sierra y costeando el Cerro del Morro comunicaba a Córdoba con Cuyo y Tucumán; fue éste el primer camino. También existió otro llamado “Camino de Chile” que partiendo de Buenos Aires, cruzaba el territorio de La Pampa, penetraba en la región de Río Cuarto y empalmaba en el lugar denominado “La Esquina” a 15 kms. al noreste de la actual ciudad para unirse al anterior camino de Córdoba a Chile. Por lo tanto fue así como los caminos fueron vitales para nuestro progreso.
Hoy nos damos cuenta que nos hemos sostenido en el tiempo y cumplimos un nuevo aniversario como ciudad pujante y progresista. Río Cuarto con su gente cálida, trabajadora y solidaria ha sido un ejemplo en la historia por su perseverancia para vencer tremendas dificultades como: grandes invasiones, epidemias, guerras civiles y accidentes, que siempre conmocionaron a su gente, pero el sostén férreo de sus ideales vinculados a los grandes objetivos de permanecer y trabajar en el centro del país para una Argentina de grandeza, siempre se ha mantenido y convertido en un gran ejemplo que debe enorgullecer a cada ciudadano. ¡FELIZ CUMPLEAÑOS RIO CUARTO QUERIDO!

Walter Bonetto
4-11 de 2016


miércoles, 2 de noviembre de 2016

Ambrosio Olmos

Un apellido muy conocido pero con una trayectoria y una vida para muchos algo ignorada, por cierto que no para todos, dado que fueron unos cuantos los relatores de la historia y escritores que se ocuparon de este hombre, pero vale rememorar en algo su importante obra la cual goza de cierta singularidad y esplendor que merece ser puesta en consideración.
Ambrosio Olmos fue un destacado comerciante formado desde su juventud en una casa mayorista de la ciudad de Córdoba donde su patrón lo admiraba y apreciaba por su distinguida habilidad para el trabajo y las cuentas.
Fue aquel negocio en gran medida su escuela. Él había llegado de la localidad de Dolores, llevado y recomendado por un carrero distribuidor que era amigo de la familia, a la casa de ramos generales de José María Méndez, en la ciudad de Córdoba, sin otras pretensiones que la des ser “un peoncito” y poder trabajar en ese comercio.
En ese lugar aprendió con mucha habilidad y entusiasmo el manejo y organización de la actividad comercial y el conocimiento de las mercaderías; además se caracterizaba por ser un joven muy trabajador , obediente, educado y de especial simpatía, pero también en sus tiempos de óseo se vinculaba en actividades juveniles que se esparcían por la ciudad, y así fue como se hizo de varios amigos que lo sumaron al Movimiento de los Cordobeses Liberales y Rebeldes, afectos a las ideas de Bartolomé Mitre, los que estaban en contra de la Confederación Argentina. Al final esos jóvenes terminaron sublevándose en contra del gobierno provincial que era partidario de la Confederación.
Ante esta situación la policía tomó cartas en el asunto y Ambrosio quedó detenido junto a varios de sus compañeros acusados de promover disturbios políticos. Enterado su patrón, que era muy cercano al mismo Gobernador, pero que también mucho estimaba a Ambrosio, se disgustó de sobremanera con lo ocurrido a su empleado, aunque no lo dejó en el calabozo, pagó una fianza para su liberación y con dolor lo despidió del trabajo que el joven tanto quería y que aquel patrón también apreciaba su labor.
Parece que el señor Méndez, si bien lo despidió, no dudó en ayudarlo y le ofreció apoyo para que llevara mercadería a la región aledaña a la ciudad y que la vendiera por su cuenta con la promesa de seguir reponiéndole lo vendido al ser rendido, dejándole un interesante margen de ganancia, iniciando así una actividad comercial por su propia responsabilidad.
Por esos tiempos Ambrosio tenía 21 años y partió con un carro lleno de mercadería tirado por dos caballos pero no fue a sectores cercanos de la ciudad, se fue hacia la inmensa y peligrosa Frontera del Sur, lugar este que él conocía, teniendo la idea de instalarse en Achiras, lo que pudo concretar.
Paso un tiempo y el joven Olmos se fue relacionando con importantes estancieros, autoridades militares, alcaldes, dueños de tropas de carretas que venían de Buenos Aires y hasta con caciques indios de tribus cercanas a quienes también les canjeaba mercaderías. Todo esto fue un vínculo muy importante que le permitió consolidar y extender su actividad comercial y distribuir sus ventas a lugares distantes apoyado por un innumerable grupo de carreros que contrataba conocido como “Los carreros de Olmos”. En Achiras en el año 1861 colocó un negocio de barraca y frutos del país, del cual en sucesivos años y aprovechando los buenos resultados de su actividad lleva el negocio a la ciudad de Río Cuarto, instalándose con una destacada casa de Ramos Generales que llega a ser la más importante de la región.
La actividad comercial de Ambrosio fue en constante crecimiento, motivada esta por a su gran visión y excelente administración que le permite amasar una fortuna y comienza a invertir sus ganancias en la compra de tierras las que por aquellos tiempos eran muy baratas. No dejaba de traer y acopiar mercaderías que las vendía como pan caliente en la ciudad y la región ganándole un importante margen que luego lo sabría invertir en bienes inmuebles. Su capital fue creciendo a pasos agigantados y sus estancias propias también, transformándose por su fortuna en un importante terrateniente y hombre gran influencia.
Reclino también su actividad hacia la política llegando ser en dos oportunidades Jefe Comunal de la Villa de la Concepción de Río Cuarto y apoyado por Julio Argentino Roca llega ser Gobernador de la provincia en el año 1886. El vínculo con Roca, si bien era de larga data, se afianzo cuando Olmos contribuyó en financiar una parte de la primera campaña presidencial.
Entre las obras que realiza como gobernador inició el proyecto de derrumbe, nivelación y urbanización de las barrancas que ahogaban a la ciudad de Córdoba, esto permitió que se construyera al Parque Sarmiento y la Nueva Córdoba; también construyó la Plaza Colón; inició el ferrocarril desde Córdoba, que pasando por Río Cuarto llegó hasta los límites con Santa Fe; edificó una cárcel penitenciaria y el teatro oficial (actual San Martín); el museo politécnico; el hipódromo (actual Jockey Club). Ambrosio Olmos como Gobernador provincial representó al partido Autonomista Nacional, realizó muchas obras interesantes vinculadas a la creación de colonias agrícolas y la irrigación en zonas rurales. Trabajó para incentivar la actividad agropecuaria, la industria y a la ganadería y suprimió una significativa cantidad de impuestos, esto fue causa de ganarse innumerable enemigos, enfrentándose con Marcos Juárez y su hermano Juárez Celman (presidente de la república) los cuales terminaron pidiéndole Juicio Político que Olmos lo pierde y es removido en el año 1888 como Gobernador de Córdoba.
Dolido se instala en Buenos Aires, pero mantenía una fortuna inmensa como terrateniente y dueño de comercios importantes lo que todo lo había logrado antes de ser gobernador. Luego de instalarse en Buenos Aires viaja a Europa y allá conoce a una argentina quien luego sería su esposa, doña Adelia María Arilaos, la que era considerablemente más joven que él.
Ambrosio Olmos fallece en Buenos Aires el 30 de abril de 1906 cuando contaba con 66 años,. Su esposa con quien comparte solamente cuatro años de matrimonio, por su muerte, luego al enviudar honró la memoria de su amado esposo y se convierte en prolija administradora de la inmensa fortuna y gran benefactora de la nación, lo que fue un verdadero ejemplo de solidaridad porque toda aquella fortuna fue convertida en hospitales, escuelas, iglesias, clubes, instituciones de bien común y obras de caridad que existen en su gran mayoría al día de hoy.
Walter Bonetto
1º de Noviembre de 2016








martes, 13 de septiembre de 2016

La muerte de Facundo Quiroga tuvo consecuencias en la Villa de la Concepción

Los periodos de anarquía fueron tremendos para lo que es ahora la República Argentina. La unión de este pueblo sufrió considerables debacles producto de su falta de organización por los intereses regionales, aun los sigue sufriendo. La lucha entre Unitarios y Federales fue la gran disputa social y política que se produce con enormes consecuencias originadas en gran medida por el manejo del puerto y la aduana, lo cual daba y sigue dando siempre una posición prominente para Buenos Aires en desmedro de las provincias del interior. Fue una situación que trajo conflictos prolongados y hasta guerras que se enmarcan dentro del periodo de “guerra civil de Argentina”
Facundo Quiroga fue un destacado caudillo riojano que había logrado reconocimiento y fama en su tierra natal. A partir de 1820 intervino en los conflictos surgidos entre unitarios y federales. Su intervención fue vital para el afianzamiento del federalismo en las provincias del interior argentino, desde Tucumán hasta San Juan.
Hijo de un militar y hacendado de la provincia de la Rioja, él mismo también fue militar, participó de guerras, integró la política, destacándose como caudillo de mucha influencia y peso nacional, quien contaba con la idea de que el país debía tener un gobierno federal, para lo cual, posterior a la declaración de la independencia, luchó y se comprometió en muchas batallas entre los caudillos de distintas provincias. Pasado algunos años, le insistió profundamente a Juan Manuel de Rosas la idea de hacer un gran gobierno federal, pero el restaurador le respondía que aún era prematuro, porque las provincias no habían madurado lo suficiente para integrarse.
Su accionar era decisivo e intrépido y contaba con un coraje y valor que lo ponía de manifiesto en cada acción en que intervenía. Durante los inicios del gobierno nacional, obtuvo en su provincia la concesión para explotar minas de cobre y de plata y estaba autorizado en acuñar monedas, actividad que al principio le dio buenos réditos económicos, pero luego sucumbió cuando el Ministro Bernardino Rivadavia, entregó, posterior a una licitación, esas minas que se les adjudicaron a empresarios ingleses.
Desde ese momento entra en rebeldía y decide luchar en contra de los unitarios que despojaban a la nación porque no estaba organizada políticamente y los porteños decidían por recursos y patrimonios, que según Facundo Quiroga, no les correspondían y así menoscababan a los pueblos del interior.
En 1829, se produjo la toma de la provincia de Córdoba por parte el general unitario José María Paz, Quiroga invade esa provincia, pero al final es vencido en la Batalla de La Tablada y también, tiempo después, fue vencido en la Batalla de Oncativo o Laguna Larga, comprobó que ya nada podía hacer. Luego de sucesivos intentos de rearmar sus tropas, objetivo que no lo logró, no tuvo otra alternativa que de manera inmediata emprender la huida donde sufrió una significativa persecución y una vez reducida la misma, Quiroga, trató nuevamente de reunir sus tropas pero resultó ser una acción inútil dado que su infantería, artillería y carretas se encontraban prisioneras por la infantería y reserva del General Paz.
Para seguir la persecución, Paz, envió al Comandante Juan Gualberto Echeverría quien se dirigió con sus tropas, tratando de capturar a Quiroga, pero no logró resultados y el caudillo derrotado en Córdoba logra ampararse en la provincia de Buenos Aires. Con la protección de Rosas se refugia en esa provincia, lugar donde organiza un nuevo componente militar con delincuentes extraídos de las cárceles que les facilita Rosas, y así forma el “Ejército Auxiliar de los Andes”, con el cual en 1831 pone sitio a la Villa de la Concepción de Río Cuarto, cuando estaba de paso con sus tropas hacia Mendoza. Ya dos años antes, el 24 de mayo de 1829 existió un éxodo forzoso de los pobladores de Río Cuarto, quienes arrasaban sus tierras y llevaban todas sus haciendas hacia el norte, ante el avance de Facundo Quiroga, el que amenaza con invadir a la Villa de la Concepción como reducto unitario, pero al final, éste desde Barranquita se desvía tomando otro rumbo. Por lo tanto Quiroga nunca había mirado con simpatía a esta Villa por su carácter de haber estado “gobernada por unitarios”. Ahora en aquel sitio que estableció en 1831, venció y tomó la plaza provocando saqueos y violaciones, al final llevó a 413 prisioneros hacia San Luis y Mendoza, muchos de ellos encadenados y terminó injustamente fusilando a una fracción de los mismos que habían defendido a la Villa de Rio Cuarto, los que son conocidos como “los mártires riocuartenses”
Cuatro años después, y por esas cosas del destino, al regreso de una mediación que había realizado entre las provincias de Salta y Tucumán, por diferencias políticas y cumpliendo con lo que le había solicitado el Gobernador de la provincia de Buenos Aires, Facundo Quiroga, el caudillo federal, fue interceptado mientras viajaba de regreso en su diligencia y cruelmente asesinado junto a todos sus acompañantes en Barranca Yaco, un lugar de la provincia de Córdoba.
Luego de aquel asesinato Juan Manuel de Rosas movía cielo y tierra para encontrar a los responsables. El 27 de agosto de 1835, escapaban con la ayuda de varios amigos que lo cubrían, de la Villa de la Concepción del Río Cuarto rumbo al exilio, el Coronel Francisco Reinafé, que era sospechado por el asesinato de Facundo Quiroga en Barranca Yaco. Reinafé, días antes había “rendido piadosos honores” a Quiroga junto con sus amigos de La Concepción, pero a la vez había festejado su muerte.
Juan Manuel de Rosas, enterado de lo sucedido, veía a los riocuartenses como encubridores por lo que “comisionó al Teniente Coronel Manuel López y mandó arrestar a los comandantes de la Villa de la Concepción, Moreyra y Celman, al Juez de Alzada Martín Quenón, al Alcalde Pedro Bargas, al cura Valentín Tissera, al Capellan Fray Argañaraz y a unos cuantos más. Todos fueron debidamente engrillados y remitidos a Córdoba”. Al final esta gente luego de prestar rigurosas declaraciones quedó liberada y volvió a la Villa sabiéndose que Santos Pérez y los hermanos Reinafé fueron los responsables del crimen. Junto a Pérez fueron detenidos dos hermanos Reinafe porque el tercero estaba prófugo, terminaron colgados dos años más tarde en la Plaza de la Victoria en Buenos Aires. El capitán Santos Pérez sobre el patíbulo mencionó antes de ser ahorcado que el que había mandado a matar a Quiroga fue Juan Manuel de Rosas.



Walter Bonetto
13 de septiembre de 2016